Mientras las delegaciones de Ucrania, Rusia y EE. UU. negocian una salida al conflicto en el Golfo, una oleada de ataques sobre la red eléctrica deja a miles de familias ucranianas sin calefacción en pleno invierno.
En un escenario de contrastes que desafía la esperanza, la diplomacia y la guerra han vuelto a cruzarse este sábado. Mientras en la calidez de Abu Dabi se desarrolla el segundo día de la primera cumbre trilateral entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos, el territorio ucraniano ha sido blanco de uno de los ataques más feroces contra su infraestructura civil en lo que va del año.
Negociar con el «invierno como arma»
La cumbre, mediada por los Emiratos Árabes Unidos y bajo el impulso de la administración estadounidense de Donald Trump, busca desbloquear el nudo territorial del Donbás. Sin embargo, la mesa de negociación parece tener un eco amargo sobre el terreno. Durante la noche, Rusia lanzó una ofensiva masiva con más de 400 drones y misiles, impactando directamente en la red energética de Kyev, Járkov y Cherníguev.
El resultado es devastador para la dignidad humana: solo en la capital, más de 88,000 familias se han quedado sin electricidad, y cerca de 6,000 edificios carecen de calefacción en una jornada donde los termómetros marcan los -12°C. Como bien nos recuerda el magisterio de la Iglesia, «la guerra es un fracaso de la política y de la humanidad», especialmente cuando se ensaña con la vulnerabilidad de los inocentes.
El escollo territorial y la soberanía
En los despachos de Abu Dabi, el punto de quiebre sigue siendo el mismo: el control de las regiones de Donetsk y Lugansk. Moscú exige la retirada total de las tropas ucranianas del Donbás como condición sine qua non para un alto el fuego. Kyev, por su parte, busca garantías de seguridad sólidas y la preservación de su integridad soberana, mientras denuncia que estos bombardeos son una táctica para «golpear la mesa» y forzar una rendición bajo coacción.
Mientras tanto, en el frente de batalla, el Ministerio de Defensa ruso ha reportado avances en la región de Járkov, específicamente en la aldea de Starytsya, lo que añade presión militar a una Ucrania que lucha por no perder su capacidad de resistencia energética antes de que se firme cualquier acuerdo.
Una paz que sea justicia
Desde una perspectiva cristiana, la paz no es simplemente la ausencia de guerra o el silencio de las armas, sino la presencia de la justicia y el respeto a la vida. Los ataques a infraestructuras críticas que privan de agua y calor a los hogares no son solo tácticas militares; son ofensas contra el bien común que dificultan cualquier proceso de reconciliación futura.
Fuentes: EFE, Reuters, Swissinfo, RTVE.
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