La suspensión de la actividad escolar en Pontevedra y Ourense trasciende la logística administrativa para convertirse en un debate sobre la resiliencia de nuestras infraestructuras y la protección de los más débiles.
La decisión de la Xunta de Galicia de paralizar la actividad educativa en las zonas bajo aviso rojo no es solo una medida de orden público; es el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad colectiva. Cuando la AEMET advierte de precipitaciones que superan los 140 l/m² y vientos huracanados, la maquinaria del Estado se detiene para priorizar lo que es innegociable: la integridad de las personas. Sin embargo, tras el silencio de las aulas vacías y las carreteras cortadas, late una pregunta que la gestión de emergencias no siempre alcanza a responder: ¿estamos construyendo una sociedad capaz de convivir con una naturaleza que reclama sus espacios?
La gestión de esta borrasca explosiva pone de relieve que la seguridad ciudadana no se garantiza únicamente con avisos en el teléfono móvil o decretos de última hora. Se garantiza en la planificación de décadas, en el respeto a los cauces de los ríos y en la fortaleza de un tejido rural que a menudo se siente olvidado frente a las inversiones urbanas. La prudencia que hoy aplaudimos al cerrar colegios es la misma que debería aplicarse al desarrollo urbanístico y a la conservación de nuestros montes. Una comunidad que solo reacciona ante el desastre está condenada a vivir en un estado de tregua permanente, en lugar de en una paz duradera con su entorno.
La mirada debe dirigirse también hacia la soledad de las aldeas del interior de Pontevedra y Ourense. Allí, donde la demografía languidece, el temporal no es solo un fenómeno meteorológico, sino una amenaza al aislamiento. La verdadera eficacia de un protocolo de emergencia se mide en la capacidad de llegar a la casa de aquel anciano que vive solo y cuya única conexión con el mundo es una carretera secundaria hoy intransitable. La coordinación entre instituciones —ayuntamientos, Xunta y Gobierno central— debe ser un engranaje perfecto de solidaridad operativa, despojado de cualquier rédito político, pues el sufrimiento provocado por la intemperie no entiende de competencias administrativas.
En estas horas de incertidumbre, la resistencia de Galicia se apoya en la responsabilidad individual y en la vigilancia compartida. La decisión de quedarse en casa, de evitar desplazamientos innecesarios y de velar por el vecino, convierte la gestión de la crisis en un acto de compromiso social. Al final, más allá de los radares y las previsiones técnicas, lo que nos salva es la conciencia de que formamos parte de un todo interconectado, donde el cuidado del prójimo es la infraestructura más resistente que podemos levantar frente a cualquier tormenta.
FUENTES: Boletín Oficial de la Xunta de Galicia (DOG): Protocolos de alerta meteorológica. Agencia Estatal de Meteorología (AEMET): Registros históricos y modelos de predicción. Plan Especial ante el Riesgo de Inundaciones en Galicia (Inungal).
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